martes, 14 de agosto de 2012

El circo


El elefante puede oler el aroma del delta. Escucha el sonido del agua, el rugido del león. El domador se acerca. Es hora de la función.
El lanzador de cuchillos soñó que era pescador. Que lindo sería – se dijo, mientras deslizaba el dedo por un cuchillo – lanzar redes al mar.
El payaso se levantó temprano con el urgente propósito de llevarle un chocolate al león. El león, indiferente y triste, no quiso ni olerlo.
El león ve a una presa fácil, el viento a favor, resortea los músculos, prepara el salto. Un aro de fuego se interpone. Aplausos. Confusión.
Cada noche, mientras él se despinta, la trapecista espía al payaso. Su corazón sonríe cada vez que mira su rostro de luces y centellas.
El elefante y el león intercambian sueños de delta y llanura en susurros africanos, y el circo flota en un mantra hondo y ancestral.
El enano borda, casi siempre antes de la función de la noche, pañuelos con flores que nunca ha mirado, bosques colgantes, seres irreales.
El perro del circo es un ángel guardián. Conoce los signos de todos sus miembros, intuye tristezas y el justo momento de echarse a sus pies.
La mujer barbuda escucha jazz y fuma un cigarro mientras baila y ensaya poses; las poses que nunca usa durante la función.
El oso no quiere bailar y parado en dos patas gruñe rabioso. El público aplaude satisfecho: el realismo del espectáculo es impresionante.
El hombre forzudo lleva entre el tobillo y la media un pañuelo bordado que, dice, le da suerte. Lo encontró volando una noche de viento.
Sin público suficiente la función tuvo que ser cancelada. La bailarina camina entre las carpas del circo mientras su tutú se llena de polvo.
Una pesada nevada cayó y el circo navegó en el desconcierto. Animales y hombres caminaron en círculos como queriendo exhumar la primavera.
El domador ondula el látigo y, concentrado en la esencia del aire, trata de lograr el fragor preciso que evoque miedos felinos innombrables.
La bailarina guarda en el pecho un pañuelo bordado, para la suerte. Piensa en él con vehemencia cada vez que salta de un caballo a otro.
El elefante no se mueve, parece tener la vista perdida en el Delta. El hombre forzudo ha decidido quedarse con él hasta que se recupere.
 Serie de microcuentos originalmente publicados en 16 tuits @minafiction.

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