sábado, 3 de diciembre de 2011

De perros y hombres



Este perro del desierto es el arcángel de la noche. Espíritu vigilante cuyos huesos vuela al azar de sus ladridos expectantes. Son de él la sombra mínima del arbusto espinoso, el juego de piedras circulares y los viajes presurosos de los niños por Punta Chueca. Este animal es especial: en el confluyen los perros protectores de la comunidad con su bravura y una casi humanidad que se les ha incorporado a fuerza de ser amados. Es el perro de Luis Miguel, el hombre más anciano de los Conca’ac. O tal vez sería más justo decir que Luis Miguel es propiedad del perro flaco y pulgoso que lo cuida y lo venera más que a su propio pellejo. Porque este perro de nombre Conca’ac sabe traducir con precisión los estados de ánimo de Luis Miguel con solo mirar sus ojos expresivos.
Paciente, se echa a su lado cuando el anciano se sienta a repasar el horizonte junto al Canal de Infiernillo. Ambos dejan volar el tiempo arrullados por el ritmo breve del oleaje. Inquieto, mira a su amo cuando arrecia el hambre y no han vuelto las barcas de los pescadores con el alimento. Ambos repasan resignados el trajinar de las mujeres que van y vienen recogiendo la ropa, porque está a punto de llover. Esto es algo inquietante, inusitado. En un sitio donde la lluvia es un milagro, todos se alegran como en día de fiesta.
El perro de Luis Miguel reposa bajo la tarde diluida en viento, cobijado por una lámina abandonada junto al jacal. Al breve descanso seguirá la vigilia, porque este perro es el alma oscura del desierto. Es suya la carga de estrellas que titilan más allá de Isla Tiburón. El sabe que el peligro acecha del lado del desierto y no del mar. Sabe también que no son las víboras ni los arácnidos gigantes quienes pueden amenazar la paz de la comunidad, sino hombres de otros olores, de un espíritu ajeno a la ternura. Hay que cuidarse de los que llegan reptando por el lado de las dunas y sahuaros. El instinto siempre ha avisado a los viejos perros de la comunidad, quienes han defendido a los Conca’ac aterrorizando a los invasores, peleando hasta dar la vida pos sus hermanos los hombres, protegiendo a los niños y mujeres con mordidas y aullidos.
Por eso este perro es sagrado. Ay de aquel que quiera sorprender a la gente de Desemboque o a la Punta Chueca, o tal vez a la que se asienta en campamentos pesqueros provisionales. El espíritu canino acompaña a la comunidad como un escudo viviente. Su lengua húmeda acaricia la mano que le ofrece el pescado deshuesado, antes aun de probar un trozo de alimento. Este perro, en suma, no se siente distinto de un niño o de un hombre Conca’ac, porque es atendido con toda devoción si acaso llega a pisar alguna espina o si tiene sed.
Muchos que vienen de otros sitios critican el hacinamiento entre hombres y perros sin entender estas ligas afectuosas e inmortales. Pero un Conca’ac sabe en quien puede confiar y en quien no, y entonces decide.
Luis Miguel, por lo pronto, comparte su paz con este perro y le cuenta su vida como lo haría con sus nietos o con sus hijos. Lo enseña y adiestra en el arte de pensar y contemplar. Por eso este perro es sabio. Le muestra lo verdadero y lo falso. Por eso este perro es casi un mito de autenticidad. Le muestra la fraternidad con que deben convivir los hombres con los animales y la naturaleza en general. Por eso, este perro es de este atemporal mundo donde aun hay armonía y hermandad. Le muestra la fidelidad y la nostalgia por todo lo perecedero. Por eso este perro es infalible en sus predicciones. Por eso es un arcángel, un perro alado que protege el espíritu simple y apacible de los Conca’ac.
Fotografia de Ricardo Maria Garibay.

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