domingo, 11 de septiembre de 2011

Háblame del infierno


Juan Domingo Argüelles
I
Háblame del infierno,
tú que has bajado por él, por culpa del amor,
Hablemos,
y mientras conversamos,
ahuyentemos sin más, de un manotazo,
como si fueran moscas,
a los delicaditos, a los tontos de espíritu,
a los irremediables mentecatos
que escriben para el aire de la crítica;
a los que versos hacen pero no vida,
a los halagadores de la caterva
que ha sumido en la miseria a la poesía
y no sabe qué cosa es poesía,
pero cree saber qué es poesía,
y dicta l que es, pese a que nunca
ha desnudado un seno a la misteriosa.

Háblame del infierno,
de esa felicidad que, como potro negro,
se transforma en angustia
y cabalga en las sombras
del sueño al que despiertas
cubierto de sudor y enfebrecido.

Háblame del terror que no palpamos,
del miedo que fractura la columna,
de la demencia en cosa de segundos
que no pueden curar ni entender los doctores.
(Un gallo canta en la noche del alma y
hay un escalofrío que aprieta la garganta)

II
Crecen en el infierno
las flores del amor no concedido,
los deseos más íntimos
que esparcen sus esporas
y hacen brotar los hongos
de la putrefacción y el abandono.

Pero hay pieles hermosas
y senos de redonda perfección
y sexo como frutas
abiertas a la sed de la mordida.
Y es el infierno un ancho paraíso
(quien lo probó, lo sabe)
un mar en el desierto,
una astilla de sal bajo la lengua
escaldada y ardida por la miel.
Autor(a) desconocido(a). Imagen tomada de aquí.

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